Diciembre 13, 2025
Muchos piensan que terminar una obra es solo cuestión de empacar planos, firmar actas y subirte al avión de regreso.
Pero los que hemos vivido un proyecto en otra ciudad sabemos la verdad:
Dejar una obra es un pequeño duelo.
No importa si fueron 6 meses o 2 años… esa ciudad, esa rutina, ese equipo… se te quedan pegados.
Y cuando se acaba, hay una mezcla rara de alivio y vacío.
¿Te suena? Bienvenido al “síndrome de pérdida” del ingeniero.
¿Qué es este síndrome de pérdida?
En psicología, el duelo no es solo por la muerte.
El duelo es la reacción emocional ante cualquier pérdida significativa:
- Un lugar
- Una rutina
- Una etapa
- Un grupo de personas
Y en el caso de los ingenieros de obra, perder ese micro-mundo que construiste durante meses sí cuenta como pérdida.
¿Por qué duele dejar la obra?
- Porque construiste relaciones (sí, aunque a veces fueran tensas).
- Porque encontraste tu lugar en un nuevo entorno.
- Porque, aunque fuera cansado, era tu rutina diaria.
- Porque ese proyecto era parte de tu identidad por un tiempo.
De repente… se cierra el frente de trabajo, entregas llaves, te despides… y se acabó.
Las etapas del duelo para el ingeniero que deja la obra
Inspiradas en el modelo de Kübler-Ross (las famosas 5 etapas del duelo), aquí están adaptadas a la vida de obra:
Negación
“Seguro me vuelven a llamar en unos meses… Esta obra no se termina aquí.”
O empiezas a buscar pretextos para quedarte un poco más:
- “Voy a dejar mis herramientas aquí por si acaso.”
- “Aún falta coordinar algo, ¿no?”
Ira
“¿Cómo es posible que la otra empresa nos quite el mantenimiento?”
“¡Tanto esfuerzo para que ni un reconocimiento decente nos den!”
Empiezan a molestarte detalles que antes no pesaban: la junta de cierre, el acta final, las fotos oficiales.
Negociación
“Quizá pida que me asignen otra obra aquí cerca…”
“Podría volver los fines de semana… total, ya conozco todo.”
Buscas fórmulas para no soltar del todo el lugar o la gente.
Depresión
Ese viaje de regreso en carretera o avión… lo conoces bien.
“¿Y ahora qué? Otra vez empezar de cero… Otro equipo… Otro lugar.”
Hay una mezcla de tristeza, nostalgia y cansancio emocional.
Aceptación
Pasan los días.
Te acomodas en tu ciudad natal o en el nuevo proyecto.
Empiezas a recordar la obra con cariño… y con anécdotas que exageras un poquito (como todos).
“Fue pesado, pero aprendí muchísimo.”
“¿Te acuerdas de aquella vez que el cliente…?”
Y así, el ciclo se completa.
¿Cómo manejar este duelo técnico-emocional?
Reconoce que es normal.
No es debilidad sentir apego. Es parte de ser humano.
Despídete bien.
No huyas al final del proyecto. Agradece, cierra ciclos, toma fotos. Eso ayuda más de lo que crees.
Llévate un recuerdo físico.
No hablamos de robarte un extintor 😅, pero un casco firmado, una placa, o incluso una foto impresa ayuda a procesar el cierre.
Mantén contacto si lo deseas.
Hoy con WhatsApp o LinkedIn es fácil seguir en red con la gente de obra.
Enfócate en lo aprendido.
Haz una lista (mental o escrita) de lo que esa obra te dejó: técnica y personalmente.
Conclusión
Ser ingeniero no solo es calcular, coordinar y cumplir normas.
Es también vivir etapas humanas muy intensas.
Terminar una obra es un logro, pero también una pérdida. Y aceptar eso nos hace mejores profesionales… y mejores personas.
Así que, si estás por cerrar un proyecto o acabas de volver a casa:
no minimices lo que sientes. Abrázalo, agradécelo y sigue construyendo… donde sea que toque ahora.








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