Septiembre 18, 2025
Cuando abrimos una norma como la NFPA 13 o la FM Global, muchos piensan que están leyendo un instructivo técnico. Pero no lo es. Una norma no es un recetario; es un marco mínimo de protección. Es el punto de partida para diseñar, no el punto de llegada. Y ahí es donde entra lo más importante que tiene un ingeniero: su criterio profesional ético.
Lo que la norma dice… y lo que no dice
Uno de los errores más comunes en la práctica profesional es confundir lo que la norma no menciona explícitamente con una autorización para hacer lo que se quiera.
Frases como:
«Eso no lo prohíbe la norma»
«Ahí no dice que no se pueda»
«Siempre lo hemos hecho así»
…son señales de alerta.

Recordemos que las normas son documentos vivos, pero también generales. No siempre cubren cada situación específica de diseño, y justo ahí entra nuestra responsabilidad como proyectistas o supervisores: interpretar con inteligencia y ética, no con conveniencia.
El “deber ser” en el diseño
El concepto de “deber ser” en ingeniería se refiere a lo correcto, no solo lo requerido. Por ejemplo:
- Diseñar pensando en el riesgo real, no en lo que cabe justo en el presupuesto.
- Proponer lo necesario, aunque no sea lo que el cliente quiere escuchar.
- Instalar lo correcto, aunque implique más tiempo o materiales.
Hay una línea muy delgada entre “cumplir la norma” y “hacer lo que verdaderamente protege”.
El papel del criterio técnico (y ético)
Muchos ingenieros tienen conocimiento técnico. Pero el conocimiento sin ética puede convertirse en una herramienta peligrosa. Como se dice en neurociencia:
“Saber cómo hacer algo no significa que debas hacerlo.”
El diseño de un sistema contra incendios no es solo dibujar tuberías o calcular bombas. Es proteger vidas, y eso implica tomar decisiones que no siempre estarán en el código… pero sí en tu conciencia profesional.

¿Y la instalación?
Un gran diseño puede arruinarse con una mala instalación. Y una instalación «cumplidora» puede convertirse en un riesgo si no se respeta la intención del diseño.
Pintar un rociador, tapar un gabinete de mangueras, colocar un plafón debajo de una válvula de alarma… son acciones que rompen el sistema.

Aquí no hay puntos intermedios: funciona o no funciona. No hay “casi”.
Por eso, la responsabilidad no solo es del diseñador. También es del instalador, del supervisor, del que aprueba los planos, del que da el visto bueno final. La cadena de seguridad se rompe en cualquier eslabón débil.
¿Y el cliente?
Es cierto, a veces el cliente presiona por ahorrar. Pero nosotros no somos vendedores de soluciones baratas, somos profesionales de la protección. Nuestra labor es explicar el riesgo, argumentar con claridad y, cuando sea necesario, decir no.
Decirle a un cliente:
“Puedo hacerlo así, pero no es lo correcto.”
…no es ser difícil. Es ser ingeniero.
Reflexión final
El fuego no pregunta si el sistema estaba “casi bien”.
El fuego no negocia si tu interpretación fue flexible.
Y cuando ocurre, el sistema debe funcionar. Punto.
Por eso, la próxima vez que escuches:
“Eso no lo exige la norma…”
Responde con otra pregunta:
“¿Y eso quiere decir que es lo correcto?”
Como profesionales, debemos diseñar, instalar y supervisar pensando en el momento en que el sistema será exigido al máximo. Ese día, no habrá excusas, ni reglamentos abiertos, ni frases suaves. Solo quedará lo que hiciste… o dejaste de hacer.
Conclusión
La ingeniería contra incendios no se trata solo de cumplir. Se trata de proteger de verdad.
Y esa diferencia está en cómo lees, entiendes, y aplicas la norma.
Porque como dice la frase:
“No instalamos válvulas. Instalamos confianza.”








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